martes, 27 de abril de 2010

Propiedad Privada


Todos aquellos que hemos transitado unas décadas por el mundo del Karate hemos vivido historias (en el mejor de los casos, las hemos oído) sobre maestros que entienden a sus alumnos como propiedad privada.

-¡Fulanito!, aquel no tiene nada que enseñarte…-

-¡Mengano, YO soy tu maestro, hacé lo que digo.-

Zutano, sino haces karate conmigo no vas a hacer karate con nadie!.- Etcétera, etcétera, etcétera.

Este criterio de pertenencia, que los occidentales hemos trastocado, originalmente nació en el sentimiento que los alumnos okinawenses profesaban por sus maestros y las enseñanzas que estos brindaban.

A finales del siglo XIX, principios XX, a ningún okinawense le resultaría extraño saber de algún practicante que entrenara en distintos dojo.

Muchos maestros compartían alumnos, sin que ello signifique internas o absurdos desplantes.

Los alumnos sentían tanto respeto por sus maestros, que los endiosaban y creaban fábulas místicas sobre sus poderes y destrezas. Esto generaba expectativas en otros estudiantes o habitantes de la aldea y los llevaba a movilizarse para conocer a aquel maravilloso Maestro que vivía a algunos kilómetros de oscuridad y barro.

Esto jamás transformó en “libertino” el aprendizaje del Karate es decir, el aprender de distintos maestros no hacía del alumno un paria, pues este jamás perdía el respeto y el amor por su primer Guía. Incluso en varias historias conocidas se observa que era el mismo Maestro quien, atento a las necesidades de su alumno, lo mandaba a entrenar con otro, pues entendía que se adaptaría mejor a tal o cual técnica que, según su criterio, otro maestro conocía mejor.

¡Qué GRANDEZA!!!!!

Poco a poco estos valores fueron mutando y hoy en día se prohíbe inclusive participar de torneos, seminarios, charlas, cenas, cafés, kermeses o congestiones de tránsito, con otro de los muchos respetados Maestros del Arte de Combate de la Isla de Okinawa. Y ¡guay! si se cruzan!!!!!!!. Saludarse en la vereda puede ser causal de destierro!!!!!.

No es menos cierto que esta caída en espiral devino de la comercialización del conocimiento. A los Maestros ya no les alcanzaba con que los alumnos cortaran su leña, barrieran sus jardines, trajeran el agua… Los tiempos cambiaban velozmente y quienes no se adaptaban desaparecían. Así cada alumno pasaba a representar solo una cuota del sustento monetario necesario e imprescindible… y claro, ya no sería tan fácil desprenderse de ESA cuota.

Cuidado. A no confundirse. No estoy criticando el giro económico del mundo ni las adaptaciones que fueron útiles para sobrevivir en él. Los Maestros de Karate Do empeñan muchas horas de su tiempo en perfeccionarse a si mismos y a sus alumnos y es por demás correcto que cobren por ello. Son trabajadores como tantos otros. Que disfruten de su profesión no los exime de tener necesidades que deban ser cubiertas. Y en nuestra era, su tiempo y conocimientos, se truecan por dinero.

Mi crítica va más allá. Está dirigida, no a los maestros que cobran una cuota, sino a los alumnos que asienten mansamente a que se les prohíba o escasee el conocimiento.

El alumno, sin embargo, es un ciudadano libre, con inquietudes y capacidades a desarrollar. No es un samurai obtuso dispuesto a dar su vida por su señor feudal, porque ni lo es, ni lo está sencillamente. No puede permitirse el lujo de no investigar su entorno o de conocer otras realidades y volver a elegir, si así fuera, a su Maestro original.Es cierto que existe en esto, una responsabilidad compartida, pero el maestro que prohíbe, es un maestro inseguro, temeroso de perder un alumno, conocedor quizás de sus limitaciones y preocupado por su sustento y si bien es triste, no se le puede acreditar culpa. Al menos no mucha.

El seito jamás debe permitirse hacerlo a escondidas de su mentor, pero si desea hacerlo, es decir: salir del cascarón y ver que hay más allá de las paredes de su dojo, debe animarse, debe hablarlo con su sensei y participar.

Si este devenir por distintos criterios técnicos y estéticos, le indicaran al alumno que existe otro camino, mejor para él, bienvenido sea y que lo siga con altura y dignidad. Sin lugar a dudas esto enaltece el nombre del Maestro originario y tarde o temprano el alumno perdido, se transformará en más alumnos que llegarán atraídos por las historias contadas y la evidente ausencia de egoísmos de quien enseña para educar.

Insisto, ésta crítica es para los alumnos que sienten inquietudes pero no obstante se sublevan a los temores de su sensei.

No es traición querer saber más, tener otras vivencias buscar otros saberes. Traición no es opinar distinto. No es reconocer las destrezas o conocimientos en tal o cual circunstancia técnica o intelectual de un maestro distinto al propio.

Traición es intentar desplazar al Maestro con excusas vanas. Traición es buscar a escondidas. Traición es comprometer al otro para luego dejarlo solo. Y desde ya la traición así entendida, es inapelable y denigrante.

Muchos de los “fracasos matrimoniales” del Karate distan tanto de la traición que sorprende la dureza de las posiciones de aquellos que optan por prohibir todo atisbo de interés por nuevas experiencias a los inocentes alumnos. ¿Será por aquello de quien se quema con leche ve a la vaca y llora….??

Tanto más sorprende la actitud pasiva de quien aprende, aceptando tales pautas de servilismo obsecuente.

El Karate Do evoluciona. Lo hace a un ritmo tan acelerado, que se ven los cambios de una generación a otra.

Vivimos la etapa del crecimiento interpersonal. Ya no hay lugar para crecimientos aislados. Para nuestros queridos Maestros fue difícil y sumamente limitante sostener el crecimiento personal a partir de una única mirada. Algunos pocos comprendieron la necesidad de conocimiento de sus alumnos y los estimularon para seguir capacitándose, pero la gran mayoría no contempló esto y quedó aislado, en la cálida ilusión de que su saber era el único legado válido de oriente.

Ese tiempo pasó, como pasa el agua que a veces da vida pero en general devasta. Hoy el Karate o se nucléa y se comparte o desaparece entre banderas erróneas y falsas premisas, confundido entre los restos de una inundación globalizadora.

El alumno no debe ser entendido como una propiedad. De no compartir sus experiencias, sus logros, sus saberes con otros, terminará cayendo en espiral en esa gran sopa de conocimientos confusos llamada Internet. Y de ahí… a la nada.

Por eso decimos que debemos aprovechar hoy las posibilidades de conocernos, consultarnos, practicar juntos distintos estilos, distintas escuelas, distintos conocimientos y tradiciones, para aprender de todos ellos y seguir creciendo en lo nuestro. Esto, no mella en lo más mínimo la identidad del Karate Do que se practique. Una de las leyes fundamentales del Arte de Combate sin Armas de la isla de Okinawa reza: Karate I Shin Den Shin (el Karate se aprende de corazón a corazón).

Participar de seminarios con otros maestros, de prácticas con amigos de otros estilos, de torneos de otras organizaciones, presenciar demostraciones de escuelas distintas a la propia, etc., no puede sino ser revitalizante, impulsador de nuevas energías que, sin duda serán aplicadas a lo nuestro.

El alumno que sigue acompañando al Maestro pese a conocer otras realidades, es un candidato verdadero para llevar la antorcha del conocimiento una generación más.

¿Qué logro más honorífico podemos desear como Maestros del Karate Do que encontrar entre nuestros alumnos a aquel que por elección propia y en conocimiento de otras verdades, sea capaz de transmitir los valores que le hemos enseñado?

Ahora, es evidente que estos valores no pueden ser estáticos. Deben tener la flexibilidad necesaria para ir adaptándose a los tiempos.

Cuando las tradiciones son una traba para el progreso, deben dejarse para los libros de historia. ¿Qué sería del Japón sin la Restauración Meiji? Y pese a los dolores que causó este profundo cambio, ¿alguien puede dudar del crecimiento exponencial al que se vio sometido desde, digamos…, la pérdida del chonmage? No pretendo discutir las bonanzas de este cambio, planteo que quienes intentan resistirse al tsunami temporal, pronto quedan como párrafos solitarios en olvidados libros de texto.

Hoy crecer está estrechamente vinculado al conocimiento académico y al saber informal.

El primero debe ir a buscarse a las Universidades, exigiendo que estas cumplan con la demanda de las nuevas ciencias. El segundo reside en los distintos dojo de Karate Do. No se los puede conocer a todos, es cierto, pero las Federaciones Provinciales democráticas y abiertas, son un bastión importante y representativo de este conocimiento informal. Participemos en ellas activamente. Allí, poco a poco, iremos presentando nuestras tradiciones, iremos comparando nuestras experiencias, iremos conociendo otras verdades, creceremos y ayudaremos a crecer y esto se dará sin renunciar a lo que somos y con el trabajo en equipo.

Jamás esta interacción puede resultar nociva para nuestras concepciones. Cuanto mucho servirá para actualizarnos y comparar, único modo de saber dónde nos encontramos.

Es nuestra responsabilidad unir el Karate Do. Pero NO en un pastiche homogéneo, donde todos hacen el mismo horrible Kata. Unir no significa Mezclar. Unir es tomarse de las manos y aprender que no se está solo. Aceptar en definitiva, que no tenemos el cinturón más largo que el de nadie.

Si no nos animamos nosotros mismos, habrá que darle el lugar a nuestros alumnos, eso favorecerá su aprendizaje y los preparará para afrontar la nueva era. Era, dónde, la 4º generación de Maestros de Karate Do, con algo de suerte y mucha medicina, seremos apenas espectadores silenciosos.

Lo que hagamos hoy definirá el mañana.

O nos unimos en falange y moderamos la horda de cambios, mezcolanza y faccionismo, (karate oficial, karate olímpico, karate okinawense, etc.) o sucumbimos al olvido y todo el esfuerzo de nuestros antepasados desaparece sin más confundido entre deportes coreanos y falsas verdades absolutas.

Un alumno no es propiedad privada. Es la garantía, la única garantía, de que nuestro trabajo no será olvidado. Y para eso habrá que abrirles los ojos.


Lic. Pablo Eduardo Scurzi

martes, 6 de abril de 2010

¿Karate Okinawense?, ¿acaso existe otro?


¿Karate Okinawense? ¿Qué, existe otro?

Solemos escuchar a ciertos imprudentes hablar de Karate Okinawense, …como si existiera alguna otra versión de este noble arte que tenga distinto origen.

TODO el Karate es okinawense, pues en esa pequeña región del Mar de China, la isla de Okinawa, nació casi como lo conocemos actualmente: el KARATE DO.

Tan cierto como esto, es la preeminente influencia que formó al Tote de los estilos de combate del Sur de China, con quien los habitantes de Okinawa tenían fuertes relaciones comerciales y políticas, inclusive después de la conquista japonesa sobre esas tierras en 1609.

Sin embargo se requirieron varios cientos de años para que el desarrollo de este arte de combate sin armas, poco a poco comenzara a tomar forma, separándose de los sistemas chinos, hasta que, a comienzos del siglo XX, algunos maestros viajaron al Japón y lo presentaron allí como un producto totalmente original, con relativo éxito.

Hablar de karate japonés es tan absurdo como hablar de karate argentino, karate uruguayo, karate polaco o karate ruso. Siempre y cuando no se esté haciendo referencia a la práctica de este arte okinawense en dichas regiones.

Pero todos sabemos que quienes hacen esta distinción están implícitamente, denostando al resto que no pertenece a dicho grupete.

Cuando aquellos que se llenan la boca hablando de que ellos practican karate japonés o por el contrario, señalan a los “otros” por hacer Karate Okinawense, no se están refieriendo a que viajan a Tokio lunes miércoles y viernes a entrenar dos horas y vuelven a sus casas en el Bajo Belgrano. No, están pretendiendo algo que simplemente no existe, ser los dueños de una verdad absoluta sobre lo que es o deja de ser el KARATE DO.

Para el resto de quienes practicamos con amor desde años esta actividad de belleza sin igual, debería sonarnos a insulto en boca de ignorantes, que nos pregunten si hacemos Karate okinawense… y no deberíamos permitirlo, haciéndoles ver que TODO el KARATE DO es de Okinawa.

La practica del Karate o Tote se daba en algunas aldeas de la pequeña isla de Okinawa, hoy prefectura del Japón desde mediados de 1600. Su impronta, protocolos e incluso tecnicismos pertenecían claramente a la idiosincrasia de los isleños que hablaban un dialecto llamado okinaguchi.

En aquellas épocas, antes de la primera guerra mundial, pocos okinawenses hablaban japonés fluído y muchos menos lo escribían. Solo los hijos de la nobleza y algunos afortunados descendientes de comerciantes poderosos, lo hacían de tal modo que al viajar al Japón, pocos se daban cuenta de su origen. No podemos dejar de lado la fuerte cultura segregacional que imperaba durante la era Meiji. Los pobladores de Okinawa, eran vistos con desprecio por los ciudadanos japoneses, como provincianos incultos y torpes.

Sin embargo el Tote o como se lo terminó conociendo en Japón: Karate, sería introducido por dos hombres estrechamente vinculados a la herencia de Okinawa. Efectivamente serían dos okinawenses quienes abrirían las puertas del Imperio del Sol Naciente al original Okinawa-te.

El primero fue Funakoshi Gichin, maestro de escuela, de familia de clase alta pero empobrecida, poco después Miyagi Chojun hijo mayor de comerciantes navieros.

Repito, por si aún los imprudentes siguen allí, Funakoshi era okinawense, hijo de un practicante de bojutsu okinawense asiduo a la bebida y nieto de Gifuko, erudito confusionista que enseñaba en el palacio de Shuri. Aprendió Tote de Azato e Itosu, que también eran okinawenses, y tuvo la suerte de aprender el idioma y la caligrafía japonesa al graduarse como maestro en 1888.

Pese a que el padre de Gichin Funakoshi había despilfarrado la riquezas ganadas por Gifuko, estos seguían perteneciendo a una familia de la clases Shizoku, y esto no es menor ya que allanó el camino del fundador del noble estilo Shotokan.

Por último y para que mi punto se sustente por sí solo, cito el prefacio del libro de Funakoshi, Karate-Do, Mi Camino: “Hace casi cuatro décadas que me propuse realizar lo que ahora considero un programa enormemente ambicioso: introducir entre el gran público japonés el complejo arte de Okinawa, o deporte, que ha venido a llamarse Karate-Do, ‘el camino del karate’. ”. (Funakoshi Gichin, Karate-Do mi camino, Ed. Kodansha Internacional ltd., Tokio – Japón).

De Miyagi Chojun sensei hablo extensamente en mi libro Historia del Karate y notas publicadas en http://www.akkka.com.ar/index.html por lo que obviaré más comentarios.

Entonces, amigos, no existe un KARATEDO que no sea okinawense. No existen karatekas de primera y karatekas de segunda, existe el KARATE.

Lamento que quienes piensen distinto se estén denigrando a si mismos. Pero más lamento por aquellos que comprenden lo que digo y pese a ello siguen atrapados en una burbuja de falsas premisas y difícil justificación.

Para todo el resto que ama el Karate, sea este Shotokan, Shorin Ryu, Goju Ryu o Uechi Ryu, etc., no permitamos que nos traten como “kelpers”. Somos los sostenedores de una tradición que surgió en una pequeña isla en el Pacífico y se difundió y evolucionó en el resto del mundo, volviendo a Okinawa muchas veces, mejor de cómo había salido.

Sintamos el orgullo de hacer KARATE DO.

Agrupémonos y discutamos el futuro del Karate Do, sin subirnos a ningún pedestal. Participemos en aquellas organizaciones provinciales, nacionales e internacionales que nos respeten por ser parte de esta cultura universal de infinitas partes, tan valiosas ellas como la sumatoria utópica de sus partes.

Y no creamos en las estupideces de moda, karate japonés, karate olímpico, karate oficial, karate de segunda, etc, etc, etc, pues simplemente solo existen en las mentes pasajeras de unos pocos que, por suerte, ya se están retirando.


Lic. Pablo E. Scurzi